cientiae et fidei

La fe fue la primera ciencia. Creer en un dios que formara el fuego y al cual rendirle culto para contar con su protección y detener su ira, era una absoluta verdad. Al paso de los tiempos, cuando aquel culto requirió de respuestas a preguntas gestadas en el transcurso de los siglos, el hombre inventó la ciencia: la respuesta de la fe.

Quiso comprobar aquella fe y terminó derrocándola por completo. La nueva fe, la ciencia, comprobaba en cada nuevo descubrimiento los errores y ficciones de la fe primigenia y entonces tomó su lugar; a través de los hombres de ciencia, los nuevos sacerdotes, su verdad se derramó sobre los pobres mortales que aprendieron la nueva doctrina y la predicaron a su vez complementando y distorsionando las leyes del nuevo dios.

Pero el nuevo dios fue derrocado por él mismo. La nueva verdad fue sometida por otra nueva y contraria que vencía a la anterior, el sumo sacerdote Newton derrocado por su sucesor Einstein siglos después, y sacerdotes y feligreses menores adoptaron la nueva fe y la predicaron. La nueva religión llamada ciencia, con todas sus pruebas y demostraciones, no ha abandonado los preceptos que fincaron la fe primigenia: creer.

Los nuevos teólogos, los científicos del mundo, antes que nada, creen. Construyen complejas teorías que corroboren sus actos de fe. Los teólogos contrarios derrocarán esta por otra contraria, firme y demostrable. “Lo que es” como una mera extensión de lo que se quiere que sea. Derramada por las facultades la prédica de los ministros, los discípulos saldrán por el mundo. Predicarán en ensayos y tesis lo que ya creían de antemano.

Qué harían estos hijos de la madre ciencia si algún hijo pródigo fuese en contra de los preceptos que ha mamado de sus progenitores y defendido hasta la muerte. Qué pasaría con sus templos y su culto y los millones de hojas que han gastado contando verdades que un traidor ha contradicho.

La esencia no ha cambiado: en el principio, bastaba con creer; ahora se juega a demostrarlo. Mas en el fondo de todas las cosas, el científico sólo recorre un largo y sinuoso camino tratando de demostrar lo que ya creía. Descubrir en el camino el error de lo supuesto es impensable. Hasta que un nuevo mesías resucite al tercer día para mostrar una realidad distinta que vuelva a postergarnos de hinojos y adorarle.

Caminad, pues, hermanos míos, por la senda de la ciencia-fe y predicad la absoluta verdad del 2+2=4.

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